Espiritualidad

Nuestra orden religiosa surgió con el fin principal de que sus miembros, en unidad de voluntades y vida perfecta, tratasen solamente de oración, silencio y mortificación, para ayudar con esta pureza de vida a la Iglesia y al pueblo de Dios en sus necesidades.
La oración es la respiración de nuestro espíritu, es el encuentro amoroso con Dios. La religiosa contemplativa, está en el corazón de la Iglesia. Diariamente, participamos en la celebración de la Eucaristía y de la Liturgia de las Horas. Asimismo tenemos una hora de oración personal, al amanecer y al atardecer, ante el Señor Sacramentado.
El silencio es precisamente el ambiente que propicia la oración y la contemplación. En esta vocación, la clausura nos libera de innecesarias influencias externas, pero no para cultivar nuestro egoísmo, o para aburrirnos en el vacío, sino para llenar nuestra vida y la vida de la Iglesia del diálogo con la Palabra eterna. El silencio se interrumpe sólo por la liturgia, la comunicación exigida por el deber y las horas de recreo comunitario.
La mortificación es la participación en el misterio pascual de Cristo, que muere en Cruz para salvarnos. Dios nos concede participar en su Cruz bendita y en la redención del mundo gracias a la obediencia, la pobreza en vestido, comida y medios de vida, el cumplimiento de las reglas y del deber cotidiano. Y procuramos la ascesis personal necesaria para alcanzar la santidad de vida y la aceptación amorosa de la voluntad de Dios en todas las circunstancias de nuestra vida.
“Ora et labora” es la tradicional norma de monjes y religiosos de vida contemplativa. En nuestra jornada hay mucho espacio para la oración -Eucaristía, horas litúrgicas, oración personal- y para el estudio y la lectura. Además, trabajamos en las labores domésticas y en trabajos encargados desde el exterior del monasterio, que nos sirven como medio para procurarnos el sustento y participar en el servicio al bien común de la sociedad.